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| Virginia
Choinquitel |
Había
días en que Virginia Choinquitel sentía que sus antepasados la llamaban desde
la eternidad. Entonces, cantaba para sí en su casa de Río Grande: "El
poder de aquellos que se fueron vuelven a mí. Los del infinito me han hablado".
Ella tenía 56 años y ayer murió. Era la última sobreviviente de los indios
selknam, ese grupo de cazadores de los confines de América del Sur, al que los
conquistadores, por obra del error o la desidia, bautizaron con el nombre de
onas.
Según
la antropóloga Anne Chapman, los selknam tienen unos 9.000 años. Representan,
según afirma, "el modo de vida más antiguo de la humanidad; la edad de
los útiles de piedra, del arco y la flecha". Virginia sólo conoció esta
historia a través de relatos. Durante muchos años, vivió en Ramos Mejía,
provincia de Buenos Aires, en la más profunda miseria.
Pero
en 1989 logró volver a su tierra. Lo hizo con títulos de nobleza: Ciudadana
ilustre de la provincia. Virginia consiguió sus documentos de identidad y así
el gobierno municipal de Río Grande pudo gestionarle una pensión y una casa.
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Grupo
ona. Foto: A.
Cameron (El ultimo confín de la tierra)
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Ella
ya estaba casada con Nino, un descendiente de italianos que murió tiempo después.
Fue difícil sobrellevar la pérdida. Y según confían sus amigos,"ser
la última de una raza exterminada por el hombre blanco fue una carga también
difícil de soportar".
Virginia
era la última india pura. No hablaba ni una palabra de ona, pero se consideraba
orgullosa de su raza. Conocía como nadie la historia de su pueblo y su cultura.
Habla uno de sus más entrañables amigos, el padre José Zink, director de la
misión salesiana La Candelaria, a pocos kilómetros de Río Grande.
Allí
vivió Magdalena Saenes, la madre de Virginia, que murió cuando ella sólo tenía
cuatro años. Lo mismo ocurrió con su padre, Natalio Choinquitel, que vivía en
Chile. Además
de haber sido el hogar de su madre, la misión salesiana fue el lugar en el que
los selknam se refugiaron de la matanza conquistadora de principios de siglo.
Algunos
historiadores discuten sobre el origen de este grupo indígena: se cree que eran
parientes de los tehuelches que llegaron desde el norte de la Patagonia y
cruzaron a la isla de Tierra del Fuego en embarcaciones de otros grupos indígenas:
normalmente, no usaban naves. Pero nadie discute cómo dejaron de existir.
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| Familia
ona |
A
mediados del siglo pasado había unos 3.600 onas en Tierra del Fuego, y llegaron
los estancieros. Se apropiaron de los guanacos que los selknam cazaban para
subsistir, y combatieron a los indios como a ladrones de ganado. Lo mismo ocurrió
con hombres que vinieron afiebrados por el deseo de un oro que se acabó pronto.
Los
estancieros, afirma el antropólogo Miguel Ángel Palermo, pagaban muy bien por
cada indio muerto, y los mineros, sin nada que buscar ni encontrar, necesitaban
dinero para vivir. El exterminio fue exitoso. Los onas murieron envenenados,
molidos a golpes, heridos por balas de fusil, o enfermos de sarampión, dicen
Palermo y otros investigadores. Algunos se refugiaron en misiones religiosas
como la salesiana, otros, rendidos, se convirtieron en peones de campo.
Palermo
sostiene que en 1930 ya sólo quedaban 100 onas. En 1970 eran diez. En 1994,
cuatro. Un año después murió el último hombre, don Segundo Arteaga. Ayer
murió la última mujer.
La
muerte de Virginia, sin embargo, no fue recibida en silencio. En Río Grande,
toda la comunidad de descendientes de este grupo exterminado realizó una serie
de homenajes y reclamos reivindicatorios.
Fanny
Morales, directora del Museo de la Ciudad, recordó los versos declamados por
Virginia " en los momentos en que sus antepasados indios la buscaban":
"Estoy
aquí cantando, el viento me lleva, estoy siguiendo las pisadas de aquellos que
se fueron. Se me ha permitido venir a la montaña del poder, he llegado a la
gran cordillera del cielo, camino hacia la casa del cielo. El poder de aquellos
que se fueron vuelven a mí. Los del infinito me han hablado"..
Los
restos de Virginia serán sepultados hoy en el cementerio local, junto a la
tumba de su marido Nino.
Publicación
en el Diario Clarín (Argentina, 3/6/99) |